De la exposición:

Sonsoneta en La

Luis Armand




Si ha existido desde tiempos remotos una disciplina sobre la generación de las formas, también debe ser cierto que dichas doctrinas parecen haber estado, hasta el momento más álgido de las vanguardias artísticas, imbuidas de un puritanismo rampante, que sobrecargaba las obras de teoría más que de sentido, a cambio de enajenarnos del placer de volcarnos sobre ellas, de demorarnos distraídos en ciertas fases de su ejecución, o de acogerlas como invitados muy muy especiales en nuestra propia casa.

 

Gema Rupérez parece especialmente dotada para esa suerte de cortesía y además trabaja con nobleza. Desde siempre se ha complacido en el gesto y la pincelada, en ornamentos, telas y tules con un algo oriental, en ese juego que consiste en mostrar y no mostrar muchos poquitos, cuando el verdadero propósito de tanto y tanto encantamiento ha de quedar sin descripción.

 

Ser artista no es ser especialmente nada. Y así, me consta que Gema ha aprendido bastante de sus estancias italianas y mucho más de las mujeres de Requena.

 

Imagino que Gema quiere ser pintora, cuando ya lo es, y está hambrienta de su propio tiempo.


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